Las puertas se abrieron de manera abrupta para abrir paso a
los enfermeros que la traían a prisa hasta la sala de parto. La madre se
encontraba en estado de inconciencia y respiraba de manera asistida. Los miraba
detenidamente al tiempo que continuaba la lectura. Pasaba una página y luego la
otra, no hacía falta detenerme. Ni observar los movimientos de los doctores,
las puertas que se abrían y se cerraban, y los familiares que daban vueltas
impacientes esperando alguna noticia, nada, me quitaba de la lectura. Observaba
de a ratos la situación desde dentro de la historia, como si fuera yo un
personaje de aquella ficción. La lectura era magnífica. Sentía que yo mismo lo
había escrito. No quiero decir que tenga la capacidad de escribir así,
simplemente sentí que el personaje era mi vívido reflejo. La madre dio a luz
sin mayores complicaciones. Salí un momento del hospital y fui al auto. A pesar
de no tenerle a Cintia el respeto suficiente, el cual convengamos nunca se
ganó, pareciera ser que la insistencia venía a colación de saberse cierta.
Comencé la lectura de un segundo libro, en el cual me sumergí de inmediato.
Levanté la vista y quedé desairado, la nena que acababa de nacer parecía tener
unos años más. Hacía mucho que no veía un bebé. Nacerán ya tan grandes? La tecnología,
debo reconocer, no deja de sorprenderme.
Acelerar el crecimiento es bastante absurdo, tan solo te acorta la vida.
En fin, quien soy yo para juzgar. A pesar de los razonamientos continué implacable
en la lectura. De vuelta al auto. Al final tenía razón!. Detesto cuando Cintia está
en lo cierto, por suerte no es algo que sucede a menudo, es muy arrogante y
cuando tiene motivos es insoportable. Cuando me pregunte que pienso le diré que
no me gusta y evitaré así el mal trago. Fui al auto a buscar el tercer libro,
por suerte tenía allí la obra completa. Me fui a sentar nuevamente en la sala
del hospital y de inmediato me vi inmerso en la lectura. La nena salió de la
habitación, delineándose los ojos, con un escote y una minifalda, muy mini, las
chicas de hoy usan cada vez menos tela y pagan más cara la ropa. Ignoré el
extraño suceso y proseguí. Volví al auto y tomé el séptimo libro, ya no sabía
siquiera si los estaba disfrutando. Me salteaba algunas líneas al leer y ya se
había tornado un desafío terminar toda su obra. Eche un vistazo a la sala y la
nena que había nacido esa mañana parecía no adaptarse a los 50, se maquillaba
como si tuviese 17 años. Hay algunos que no pueden dejar una época atrás.
Después de 20 horas de lectura tomé el último libro de la obra de Bertrand. La
ansiedad por terminar hizo que no recuerde haber leído algunas partes, como
cuando caminamos por la calle y olvidamos como cruzamos la esquina anterior,
mi cabeza estaba en piloto automático. Después de 22 horas de ardua
lectura terminé con la obra de Bertrand, exactamente a las 23.32 horas, hora de
defunción de la nena.
domingo, 15 de abril de 2012
martes, 27 de marzo de 2012
El Placard
Aquel placard era su escondite preferido cuando de niño
jugaba a las escondidas. La ropa negra y el sobretodo del mismo color lo
confundían con la oscuridad y había pasado toda su infancia sin perder jamás
haciendo uso del escondite.
El día comenzó como cualquier otro. Se levantó, cepillo sus
dientes, prendió la radio y tomó el desayuno. El diario acompañaba el café y
las tostadas untadas con mermelada de ciruelas y manteca. Las noticias eran las
de siempre: Robos, choques, asesinatos, violencia y más violencia. Terminó el
café y dejó el diario. Fue al cuarto y se vistió. Se peinó cuidadosamente, se
acomodó la corbata, tomó el saco, la billetera y se dirigió a la puerta. La
abrió y se quedó parado, mirando hacia afuera. Un vecino pasó y saludó, quiso
responder pero no pudo, estaba paralizado. En la puerta se habían estado
formando los barrotes. Día a día con extraña tranquilidad se iban poniendo uno
al lado del otro y él, cada vez con más dificultad e ignorándolos, lograba
salir. En un principio solo bastaba con dar un paso al costado para pasar. Ya
después tenía que ponerse de perfil y agachar la cabeza para poder salir. Ese
día no pudo. Se quedó varios minutos exhorto mirando hacia afuera, hasta que
cerró la puerta y empezó a retroceder, lentamente, manteniendo la mirada sobre
la salida. El calor subió por su cuerpo. Desajusto la corbata ayudándose con un
movimiento circular del cuello, pero el color de su cara empeoró. Caminó por el
living mientras se sacaba el saco. Una gota rodó por su sien y luego por su
mejilla. Corrió a cerrar las puertas y ventanas que daban al exterior mientras intentaba regularizar su
respiración. La radio, aún encendida, alertaba sobre un nuevo delito. Se tomó la
cabeza y caminó de un lado al otro de la cocina, siempre el mismo recorrido. El
calor era insoportable. Caminó hasta la habitación y se quitó la camisa. Entró
temblando del miedo, deshaciéndose de todo el peso del pantalón y de su ropa
interior. Miró el placard y corrió a su
encuentro. Totalmente desnudo abrió las puertas, miró el interior y entró. La
respiración se fue calmando y él fue recogiéndose sobre si mismo, hasta quedar
en posición fetal. Recordó su infancia y se tranquilizó. Y ya no pudo salir de
allí.
martes, 6 de marzo de 2012
SOBRE GUSTOS...MI ESCRITO
Me gustan las pelis
Me gusta woody allen, Annie Hall, Maridos y Mujeres, La rosa
púrpura del Cairo, y los otros
Me gusta los rituales: el de la comida, el del mate con
bizcochitos, el del futbol con amigos, el de la cancha, el asado, el poker
Me gusta discutir
Me gusta Saramago
Me gustan las bebidas, e ir innovando
Me gustan las mujeres
Me gusta escribir, sobre todo cuando logro
despegar un poco la escritura de la realidad
Me gustan las comedias
No me gustan las medias y menos los chupamedias
Me gustan los juegos de palabras
Me gusta viajar
Me gustan los momentos de soledad y me debo todavía cien
años de soledad
No me gustan los neoliberales
Me gustan la filosofía, psicología, economía, antropología,
sociología y todas las ramas que no estoy nombrando
Me gusta Charly
Me gusta sabina
No me gustan los pescados, no soporto que la comida me mire
Me gusta ser noctámbulo.
No me gusta ser noctámbulo
No me gustan los domingos ni su socio, la resaca
No me gustan los jefes y que me digan lo que tengo que hacer
No me gustan las religiones
No me gustan las instituciones
No me gusta el orden
Me gusta el orden
No me gusta repetir, no repito a menudo películas, ni
libros, lo que hace difícil después encontrar favoritos. Tampoco me gusta
repetir la comida, la acidez me juega en contra
No me gusta manejar, y cada vez lo hago peor, subió mi
promedio de puteadas recibidas al conducir
Me gusta estar descansado, pero no me gusta que me
descansen.
Me gusta robarles ideas a otros, esta se la saqué a Buñuel,
por ahora la corto y me voy a dormir, son las 5 de la mañana y no me gusta ser
noctámbulo
martes, 7 de febrero de 2012
Memorias de Rio
El cristo redentor está
sobrevalorado. No niego que no sea impactante. Pareciera que converso a solas
con Cristo, aunque en realidad la charla se desenvuelve ante cientos de turistas.
Pero si se frenan un segundo y prestan atención pueden oírme por lo bajo cuando
le pregunto al cristo por qué todos los turistas sacan la misma foto que pueden
obtener con un solo click desde el google. El cristo se queda sin respuesta. -¿Setenta
reales por esa foto?-, le pregunto. -El cambio está por encima de los dos pesos
con cincuenta-, agrego. Pero sigue sin respuesta. -Es un robo-, le digo
mientras me alejo. Me acerco hacia la baranda y veo la ciudad desde el punto
más alto de Río, y aunque sigo creyendo que es un robo, la primera imagen que
se me viene a la hora de recordar Río es aquella panorámica desde la cima del
corcovado.
Y en aquella imagen se pueden ver
los morros que cubren la ciudad (y que impiden que corra el viento por la
ciudad, lo que hace de Río una ciudad, por momentos, de mucho calor) las playas
del sur; Copacabana, Ipanema, Barra de Tijuca, Leblon; Hacia el sureste se ve
Urca (donde está el Pan de Azúcar), Botafogo y Flamengo. Encima de Flamengo se
encuentra el centro y pegado a este y yendo hacia el centro se encuentra lapa,
el lugar donde habité mis 18 días en Río de Janeiro.
La entrada a Río la hice por
Galeao, el aeropuerto internacional. Del aeropuerto al barrio de lapa el
recorrido incluía una larga sucesión de favelas que se encontraban al otro lado
de un puente. En el costado del mismo podía verse una inscripción en un grafiti
informando que no es la misma ciudad del otro del puente. Es cierto. Podría
decirse que el puente es la línea que divide el Yin del Yang, y no creo que sea
producto de la casualidad poder representar las favelas con el color negro. Con
un trago mediante comentamos al respecto con Mathias, oriundo de Brasilia,
mientras intercambiamos impresiones de Latinoamérica.- La mayoría de la gente
que vive en la favela son trabajadores-, dice.- Solo una pequeña parte hace
actos delictivos-, y pausa mediante agrega: -sin contar que muchos motivos
tienen. Sin embargo esto no inhibe al resto de la sociedad a llamarlos vagos,
ladrones y otras cosas por el estilo-. -Sí-, agrego,- yo conozco la versión
Argentina de la misma canción entonada por la clase media Argentina-.
En Río en esta época del año se
suceden los días nublados y las lluvias son recurrentes. Los dos primeros días
del año los pasé encerrado en el hostel donde paraba. La lluvia no cesaba y me
obligó a recluirme. Por suerte Bukowski, Saer y Saramago me hicieron compañía
en estos días. Hay mucho para hacer en esta ciudad, y a pesar de haber pasado
un tiempo considerable todavía me quedaron muchas cosas por conocer. Sin
embargo el jardín botánico, el pan de azúcar, la favela de santa marta, el
museo de Niteroi, las playas de Copacabana e Ipanema, Botafogo, Flamengo y
Tijuca fueron algunos de los recorridos que en este momento se me vienen a la
mente que hice. Pero particularmente el barrio que más me gusto fue Lapa, donde
pasé la mayoría de mi tiempo.
La entrada a Lapa, se hace
mediante los “Arcos de Lapa”. Es un monumento que se asemeja a dos acueductos,
uno encima del otro, de color Blanco. Por debajo de los arcos corren dos calles
como si fuera un distribuidor, y entre medio de las calles se forman veredas
sin construcciones donde se instalan los vendedores ambulantes las noches de
jolgorio. Las calles se cortan y comienza la fiesta. No faltan la comida y el
alcohol. En medio de los arcos toca una batucada y los cariocas despliegan todo
su repertorio. Los extranjeros intentan seguir el paso, desinhibidos por el
alcohol. El ambiente se torna festivo y la pintura sobre los murales termina de
decorar el paisaje.
Estos rituales se esparcen por
todo Río y se tornan una hermosa rutina. Los lunes y los viernes en una pequeña
plaza del centro de la ciudad donde toca la escuela de samba. Los miércoles son
de jazz detrás del Teatro Carlos Gomes. Entre medio el corso de Vila Isabel
hace una presentación preparatoria para el carnaval y los días restantes los
pasamos tomando y charlando en la esquina del Bar de Cachaca.
Ya me alejo un poco de la baranda
y despego mi cabeza de los recuerdos para hablar con el Cristo nuevamente.
Primero, le aclaro que soy ateo, pero dudo y le digo que en realidad soy
agnóstico, que no dejo de lado la posibilidad de que él pueda existir. -Creo
que estoy enamorado de Río-, le comento. Y le cuento que lo había hablado con
mis amigos, porque este era un nuevo sentimiento para mí. Y que ellos
compartieron sus experiencias conmigo. -Estas en la etapa de enamoramiento-, dijo
uno,-no pierdas la oportunidad-. -Lo que tenés que saber es si solo te parece
linda o te gusta algo en su interior, si hay alguna química, ¿entendés?-, aportó
otro. -Sos un nene, no sabés nada de amor todavía-, dijo un tercero. .Buscate
otra, no existe el amor-, dijo el más escéptico. Y yo escuché, escuché y
respondí. Les dije que no sabía bien por qué era que la amaba. No dudaba que
las circunstancias habían ayudado. Me quedé pensativo frente a él. -Quizás si
las circunstancias eran otras y no conocía la gente que conocí esto no hubiera
pasado-, le dije. Y él seguía ahí, parado, sin emitir sonido. Le sonreí y me
quedé pensativo, con algo de nostalgia. Lo miré y le dije que quizás no esté
sobrevalorado, que después de recordar la ciudad me doy cuenta que aún sigo
ahí, parado, en la cima del corcovado.
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